Fernando Múgica
Periodista, Diario El Mundo
10 de Marzo del 2005
Don Fernando Múgica acudió al Foro Generación del 78 un día antes del aniversario del trágico e inolvidable 11 de marzo. El tema a tratar fue el trabajo de análisis e investigación que desde hace 10 meses y tras 14 entregas publica en el diario EL-MUNDO bajo el título de “Los agujeros negros del 11-M”, leva desarrollando.
El ponente, quien trabaja desde 1966 en el mundo del periodismo y quien se considera ante todo un reportero, comentó el ambiente confidencial que imperaba en la reunión del Foro. Posiblemente por eso fuimos testigos de una lección sin tapujos y con verdades estremecedoras, que por ética y respeto, ahora no transcribiremos.
“Casi nunca acepto las cosas como están”. Así empezó su ponencia Don Fernando Múgica. No obstante, este empeño por conocer la verdad de lo ocurrido “no ha sido un camino de rosas”. Tal vez el momento de mayor desazón surgió en Gijón, en plena Semana Negra, cuando, en una mesa redonda a la que nuestro invitado acudió, una señora del público le espetó que lo que estaba publicando era «una repugnante maniobra de intoxicación al servicio de un partido político». Para completar el cuadro alguien de las últimas filas gritó -a modo de insulto- la palabra «Fungairiño».
Pero, ¿cómo se decidió este “reportero” a empezar tamaño trabajo de investigación?. El trabajo de campo efectuado para un amigo, escritor de éxito, en torno a una posible novela le llevaron a investigar a finales del otoño de 2003 todos los datos que rodeaban a los atentados del 11-S en Estados Unidos. Fruto de esa investigación salieron decenas de folios recopilados junto a centenares de documentos, extractos de libros y fichas de archivo. A raíz del 11-M, “sin quererlo nació un cierto paralelismo”. Fue así como, inmediatamente después del 11-M, y por pura iniciativa personal, comenzó a rellenar fichas sobre los datos que se iban conociendo en torno a los atentados de Madrid.
“Se confesaron conmigo ex ministros, policías de Información, guardias civiles de base, mandos, oficiales de inteligencia, expertos en explosivos y en terrorismo, psicólogos y analistas, agentes secretos -nacionales y extranjeros-, diplomáticos, sociólogos, historiadores y también personajes del mundo del hampa. Todos, absolutamente todos, coincidían en algo: la versión oficial sobre lo sucedido era una pura patraña”.
Su investigación saca a la luz una trama muy bien articulada y en la que “los delincuentes que proporcionaron explosivos y el que hizo de intermediario trabajaban para la policía, la Guardia Civil conocía con detalle la trama y la célula islamista estaba controlada por el CNI”. La verdad incuestionable es simple. Los implicados en la matanza del 11-M estaban controlados de una u otra forma por las Fuerzas de Seguridad. Una afirmación que no dejó impasible a nadie. Si la trama de Avilés estaba controlada, si la célula de los islamistas se encontraba bajo vigilancia, ¿cómo puede explicarse que en el último momento los presuntos autores materiales -teóricamente unos inexpertos principiantes- fueran capaces de despistar a sus controladores que a una semana de las elecciones se encontraban en nivel de alerta máximo?
Más aún, cada uno de los individuos de la trama asturiana, Emilio Suárez Trashorras, Antonio Toro Castro, Carmen Toro Castro y Javier González Díaz, eran confidentes de la policía y estaban, o debieran haber estado, controlados por la Guardia Civil a la que, con pelos y señales, habían contado al menos tres personas -ya desde el verano de 2001- cómo vendían grandes cantidades de explosivos y cómo querían encontrar a alguien que supiera fabricar bombas con móviles. Los que les proporcionaron los explosivos eran chivatos de las Fuerzas de Seguridad. La persona que puso en contacto a ambos grupos cobraba de las Fuerzas de Seguridad -así lo ha reconocido el propio Rafá Zouhier-. La Guardia Civil conocía de antemano el atraco por el que le internaron en la prisión de Villabona, donde precisamente conectó con el proveedor Antonio Toro. Se puede añadir la confesión, declarada a este reportero por miembros de la Guardia Civil en el verano de 2004 -cuando todavía la trama de Avilés no había adquirido tanta relevancia- en el sentido de que la entrega de los explosivos en Asturias por parte de Emilio Suárez Trashorras a la llamada célula islamista estuvo en todo momento vigilada.
El trabajo ya estaba en marcha y desde el momento de publicar la primera entrega, el encargo del director de EL-MUNDO fue taxativo: “había que responder a todas las preguntas de sentido común que cualquier ciudadano podía plantearse a la vista de los datos oficiales sobre los atentados, cualquiera que fuera el resultado y se tardara lo que se tardara en conseguirlo”. El resultado habla por sí mismo, estos “Agujeros negros del 11-M” han conseguido desvelar a la opinión pública datos como que la banda de Avilés trabajaba para la policía, que se permitió el traslado de explosivos, que una parte se trasladó en tres viajes en un autobús de línea, que desde el teléfono de un policía se hacían llamadas a los miembros de la banda, que ETA robó un coche para un atentado en el callejón de Avilés donde vivía Emilio Suárez Trashorras, que la Guardia Civil miró para otro lado, o que las numeraciones de los envoltorios encontrados entre los restos del piso de Leganés conducían a muchas otras explotaciones además de a Mina Conchita.
Pero, son tantos los nombres de confidentes, mandos policiales, agentes de base, traficantes de droga y explosivos, transportistas, manipuladores de tarjetas, chorizos, testigos ocasionales, testigos protegidos, -sin contar las dificultades lógicas de manejar nombres en árabe- que se han barajado, que ni siquiera los muy interesados en el tema pueden ser capaces de seguir el relato sin perderse.
Otro punto caliente de la investigación de los atentados del 11-M fue el hecho que semanas después del atentado, la mayor parte de los presuntos autores materiales se reúnen en un piso de Leganés donde aún conservan pruebas materiales de los atentados (parte del explosivo, armas y envoltorios de cartuchos) y se suicidan. Y todo ello, con el dormitorio de ese piso pared con pared con el de un policía, el que prestará los planos de su casa a los Geo para que se orienten. Lo que demuestra que son todavía muchas las preguntas que los ciudadanos nos seguimos haciendo.
“Estamos en una fase previa”, en palabras del autor de la investigación. por eso desde el Foro Generación del 78 muchos de los asistentes le encomendaron que siguiera con la investigación, porque, como muy acertadamente un asistente norteamericano dijo, haciendo un paralelismo con “garganta profunda” del escándalo Watergate, toda investigación ayuda al fortalecimiento del sistema democrático.